-¿Usted qué haría si su hijo fuera testigo de un hecho de violencia?

- No sé. Por un lado creo que tendría la obligación de presentarlo a la Justicia para que cuente lo que vio. Pero por otra parte, me daría miedo que él o nostros suframos alguna represalia.

- ¿Cómo es eso?

- Y bueno. Ahí está el caso de los rugbistas. ¿Quién le garantiza protección al chico que dice haber presenciado la golpiza en Pinamar?

- Y... la Justicia y la Policía, ¿no?

- No estoy tan seguro. Siempre hay alguien que cuenta y se difunden identidades por derecha y por izquierda. Además acá hay dos leyes -de protección de testigos y de protección a la víctima de delitos- que fueron elaboradas y sancionadas de apuro, sin debate, y que ahí están sin utilizar ni reglamentar.

- Bueno... el chico dijo que vio la pelea pero no pudo identificar a nadie, ¿no? ¿Usted me dice que no se puede proteger a testigos y víctimas?

- No. Yo digo que no hay protocolos para saber a quién proteger. Si es alguien importante seguro que lo van a proteger. Pero no se sabe cómo ni en qué casos. Ni cuando son testigos ni cuando son víctimas. ¿Protegerán a los familiares y vecinos de Constanza González, la chiquita asesinada en Alderetes? ¿A los familiares de Iván Sénneke, que se tuvieron que mudar de Villa 9 de Julio?

- Entonces usted justificaría a los padres de un testigo que tiene miedo.

- No los justificaría. Los entendería porque esta sociedad no se ha preocupado por legislar sobre seguridad, excepto en momentos de emergencia, y siempre hizo normas de apuro. Por eso los expertos dicen que el Código Procesal Penal, que ha cumplido 20 años, está convertido en una maraña burocrática.

- Bueno. No le pregunto entonces qué haría si su hijo fuera acusado de una golpiza.

- ¿Usted está pensando en el caso de los rugbistas en Pinamar? No lo entiendo bien al caso.

- ¿Por qué? Parece bien clarito: un incidente de adolescentes medio borrachos que derivó en un ataque salvaje.

- Sí, eso parece. Pero no entiendo cómo es que en Pinamar primero hubo un detenido y después se dijo que nadie había sido detenido; tampoco comprendo cómo es que en Pinamar de entrada tenían nombres de chicos de Yerba Buena y de un club de rugby tucumano. Tampoco entiendo por qué enviaron pedidos de informes a la comisaría de Yerba Buena y no a la fiscalía de turno, como corresponde.

- Bueno. Pero ya hay padres que se presentaron con sus hijos y van a declarar. Le pregunto de nuevo: ¿Usted qué haría si su hijo estuviera en un problema así?

- Eso depende. Si yo no tuviera recursos ni un buen abogado, me moriría de miedo, porque seguro que mi hijo iría a parar al instituto Roca mientras se investiga, como le pasó al chico que fue acusado de violación en la escuela municipal de Yerba Buena y sin que se hicieran pericias lo encerraron un mes en ese instituto.

- Bueno, pero en el caso de Pinamar van a decir que no fue tan grave, que el chico agredido ya se recupera, que fue sólo una pelea.

- Sí, pero se salvó de las uñas. Lo patearon en la cabeza. Le podría haber pasado lo que a Alvaro Pérez Acosta, al que le robaron su vida para siempre.

- ¿Entonces, usted está enojado con los agresores?

- Más enojado estoy con quienes sean sus padres. Un chico capaz de pelear porque sí en la calle es síntoma de una sociedad violenta. Ellos están educando a sus hijos. Van a ser abogados, médicos, contadores, acaso jueces o legisladores, y deberían hacerse responsables de sus actos. Los padres de quienes son testigos y de los que son acusados. Sus padres deberían saber bien qué hacen. Esta es la gente del futuro.